Durante años, la Línea A del Metro de la Ciudad de México fue vista casi exclusivamente como un corredor funcional para miles de personas que viven en el oriente de la capital y en el municipio de La Paz, Estado de México. Sin embargo, detrás de su trazo aparentemente sencillo se esconden decisiones de diseño urbano, ingeniería y planeación metropolitana que la convierten en una de las rutas más estratégicas —y menos valoradas— del sistema.
Inaugurada en 1991, la Línea A nació con un objetivo muy claro: conectar zonas periféricas densamente pobladas con uno de los principales nodos de transporte de la ciudad, Pantitlán. Esta estación no solo es terminal de la línea, sino un auténtico corazón de trasbordos, con conexión a las líneas 1, 5 y 9, lo que permite a los usuarios llegar rápidamente al centro y a otras zonas clave de la capital. Con sus 17.2 kilómetros y 10 estaciones, la línea recorre Iztacalco, Iztapalapa y se interna en el Estado de México, algo poco común cuando fue diseñada.
Uno de los grandes “secretos” de la Línea A es que fue pensada como un trasbordo exprés metropolitano. A diferencia de otras líneas más céntricas, su función principal no era solo mover pasajeros dentro de la ciudad, sino servir como puente diario entre la periferia y el centro económico y laboral. Esto explica por qué su trazo es relativamente recto y por qué Pantitlán fue elegido como su punto de conexión: desde ahí, el sistema se ramifica hacia prácticamente todos los puntos cardinales de la capital.
Otro rasgo distintivo es su operación parcialmente a nivel de calle en tramos como la Calzada Ignacio Zaragoza, así como su dependencia de los talleres de La Paz para el mantenimiento de trenes. Esta configuración la vuelve más vulnerable a factores externos como inundaciones o desgaste acelerado, pero también la convierte en un laboratorio urbano donde se mezclan infraestructura ferroviaria, vialidades y crecimiento urbano desordenado, reflejando los retos de movilidad del oriente metropolitano.
En los últimos años, la Línea A también ha empezado a ser vista con otros ojos. Para viajeros curiosos y cronistas urbanos, se ha convertido en una especie de “ruta turística alternativa”: desde Pantitlán hasta La Paz, el recorrido permite observar la transición entre la ciudad central y las periferias, pasando por zonas populares, áreas industriales, mercados, tianguis y barrios con una fuerte identidad local. Estaciones como Guelatao, Peñón Viejo o Santa Marta son puntos de referencia para explorar otra cara de la metrópoli, lejos de los circuitos turísticos tradicionales.
Así, lo que comenzó como una línea pensada para el traslado rápido de trabajadores hoy también funciona como una ventana al oriente de la ciudad. La Línea A no solo conecta territorios; conecta realidades. Su diseño revela cómo el Metro ha sido, más que un sistema de transporte, una herramienta clave para integrar periferias con el centro, redefinir tiempos de traslado y, sin proponérselo, ofrecer un recorrido urbano que cuenta la historia viva de la expansión metropolitana.
