Las ondas eléctricas que produce el cerebro durante el sueño podrían convertirse en una herramienta clave para anticipar el riesgo de demencia, de acuerdo con una investigación realizada por la Universidad de California en San Francisco y el Centro Médico Beth Israel Deaconess. Este hallazgo abre la puerta a nuevas formas de diagnóstico temprano basadas en la actividad cerebral nocturna.
El sueño, lejos de ser un estado uniforme, se compone de distintas fases caracterizadas por patrones específicos de actividad cerebral. Estas señales, registradas mediante electroencefalografía, incluyen fenómenos como las ondas lentas y los husos del sueño, estrechamente relacionados con funciones cognitivas esenciales como la memoria. Con el paso del tiempo, estos patrones cambian de forma natural, reflejando el envejecimiento del cerebro.
Sin embargo, interpretar la complejidad de estas señales ha sido históricamente un desafío. Para superar esta limitación, los investigadores desarrollaron el Índice de Edad Cerebral (BAI, por sus siglas en inglés), una métrica innovadora basada en modelos de aprendizaje automático que permite estimar la “edad” del cerebro a partir de la actividad registrada durante el sueño.
Este indicador compara la edad cerebral estimada con la edad cronológica de una persona, lo que facilita identificar signos de envejecimiento acelerado. En este sentido, el BAI se perfila como una herramienta prometedora para detectar de manera temprana alteraciones que podrían derivar en enfermedades neurodegenerativas.
Para validar su eficacia, el equipo analizó datos de aproximadamente 7,000 adultos de entre 40 y 90 años, provenientes de diversos estudios clínicos con registros de EEG. A estos participantes se les dio seguimiento durante periodos que oscilaron entre 3.5 y 17 años, con el objetivo de observar la evolución de su salud cognitiva.
El modelo desarrollado integró 13 características de las ondas cerebrales, como la frecuencia, amplitud, estabilidad y transiciones entre fases del sueño, logrando capturar con mayor precisión la complejidad de la actividad cerebral nocturna. Durante el seguimiento, cerca de 1,000 personas desarrollaron demencia, lo que permitió establecer una relación estadística entre el BAI y el riesgo de padecer esta enfermedad.
Los resultados, publicados en JAMA Network Open, revelan que un aumento de 10 años en el Índice de Edad Cerebral se asocia con un incremento cercano al 40% en el riesgo de desarrollar demencia. En contraste, quienes presentan una edad cerebral menor a la cronológica tienen menor probabilidad de sufrir este tipo de trastornos.
La investigadora Yue Leng, autora principal del estudio, destacó que las métricas tradicionales del sueño no logran captar toda su complejidad. En cambio, este nuevo índice ofrece una forma más precisa de evaluar el envejecimiento cerebral a través de datos objetivos.
Además de su potencial diagnóstico, el BAI podría convertirse en un método no invasivo para monitorear la salud cerebral a lo largo del tiempo. Los científicos incluso plantean su integración en dispositivos portátiles capaces de realizar electroencefalogramas, lo que permitiría evaluaciones fuera de hospitales o laboratorios especializados.
Más allá de predecir el riesgo de demencia, esta herramienta podría ayudar a identificar a personas que requieren vigilancia cognitiva más estrecha, así como mejorar la selección de participantes en estudios clínicos enfocados en la prevención.
En un contexto donde el envejecimiento de la población es una realidad global, avances como este refuerzan la importancia del sueño como un indicador clave de la salud cerebral y abren nuevas posibilidades para anticipar enfermedades antes de que se manifiesten clínicamente.